«Donde crece un bosque, florece la esperanza»
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Cada 21 de marzo se conmemora el Día Internacional de los Bosques, una fecha que, como otras efemérides ambientales, es reconocida y promovida por el Instituto de Ambiente de Montaña y Regiones Áridas (IAMRA) como una instancia no solo para la educación ambiental, sino también para la sensibilización y puesta en valor de los ecosistemas forestales. En este marco, el Instituto enfatiza la relevancia de los bosques nativos – en particular, los de algarrobo- como patrimonio natural y cultural de la región. En esta línea, se comparte el artículo elaborado por la licenciada Sofía Valentina Lizárraga, integrante del IAMRA, quien aborda la importancia, características y desafíos de estos ecosistemas.
Bosques y Economía
El 21 de marzo se celebra el Día internacional de los Bosques, fecha proclamada en 2012 por la Asamblea General de las Naciones Unidas con el objetivo de concientizar sobre la importancia de su cuidado, restauración y conservación, así como las graves consecuencias de la deforestación. Este año, el día se enmarca bajo el lema “Bosques y economías”, reconociendo el papel esencial que desempeñan los bosques en la prosperidad económica a nivel local, nacional e internacional.
Sin embargo, su valor trasciende ampliamente la producción forestal y el comercio de materias primas (miel, frutos, forraje). Los bosques sostienen la agricultura familiar, mejoran la productividad agrícola y protegen el funcionamiento de los ecosistemas. Además, brindan servicios ecosistémicos esenciales, como la protección del suelo, la regulación del ciclo del agua, la fijación de carbono y la provisión de hábitat para una gran diversidad de especies vegetales, animales, hongos y microorganismos, entre ellos polinizadores y controladores de plagas.
A pesar de su importancia, la pérdida y degradación de los bosques avanza rápidamente a escala global, impulsada principalmente por cambios en el uso del suelo asociados a actividades agropecuarias, urbanas y viales. Las consecuencias de la deforestación incluyen la intensificación del cambio climático, la pérdida de biodiversidad, la degradación del suelo y alteraciones en la regulación hídrica. Además, los bosques degradados son más propensos a incendios, lo que agrava aún más estos procesos.
En los ecosistemas áridos, estos problemas suelen pasar desapercibidos. Con frecuencia, sus bosques son poco valorados y omitidos en los planes de protección, en parte porque sus recursos no generan las mismas rentabilidades económicas que otros sistemas forestales.
Un ejemplo de esta situación ocurre en el valle Antinaco–Los Colorados, en el centro-oeste de La Rioja. Hacia mediados del siglo XIX, esta región albergaba la segunda masa boscosa de algarrobales más grande de la ecorregión del Monte, con una superficie aproximada de 309.000 hectáreas. Sin embargo, procesos históricos como la minería, la expansión del ferrocarril y la explotación forestal transformaron profundamente el paisaje, reduciendo estos bosques a remanentes fragmentados.

Foto: Gentileza Dr. Omar Varela. Investigador IAMRA UNdeC
Estos algarrobales, dominados por Neltuma chilensis y Neltuma flexuosa, junto con especies como Bulnesia retama (retamo), han sido durante siglos pilares para las comunidades locales, proporcionando alimentos, forraje para el ganado, madera, leña y carbón.
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«Reconocer el valor ecológico, social y económico de estos bosques —especialmente en regiones áridas— es un paso fundamental para promover su conservación»
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Es urgente avanzar hacia un ordenamiento forestal que combine conservación, restauración y uso sustentable, ya que permitirá no sólo proteger estos ecosistemas, sino también asegurar que continúen brindando sus beneficios a las generaciones presentes y futuras.
























