Fuente: www.pagina12.com.ar 
A escala mundial, el ambiente está siempre en constante y acelerada transformación. Nuestra capacidad de modificarlo y con ello los procesos de base de la biosfera (como son el ciclo de nutrientes, la composición atmosférica, los minerales del suelo, entre otros) ha propiciado el debate en relación a si estamos en una nueva etapa geológica, el Antropoceno.

El cambio climático se articula fuertemente con lo que ocurre a nivel de los ecosistemas terrestres, los mares, los asentamientos humanos y la energía. Al ser un problema ambiental a nivel mundial, una gran diversidad de problemas a escalas intermedias y locales contribuye a él y son consecuencia, a su vez, de un sistema a nivel macro que fomenta ciertas lógicas en detrimento de otras. Por lo tanto, hay factores de índole socioeconómicos que influyen y propician que estos problemas ambientales se profundicen.

Nuestras sociedades se caracterizan por ser demandantes en energía y tener matrices energéticas dependientes de combustibles fósiles (gas, carbón y petróleo) para obtener, procesar, distribuir y consumir bienes y servicios. A partir de allí es que somos responsables de contribuir a las emisiones de diversos gases (entre ellos los de efecto invernadero) aportando así al calentamiento global y con ello al cambio climático.

La temperatura se ha venido incrementando antes de la pandemia y ha constituido una de las principales preocupaciones a nivel internacional. En este punto interesa reflexionar en torno a los incendios que han tenido lugar en este período de pandemia, que casualmente encuentran en los países latinoamericanos, como en 2019 fue Australia, el espacio en donde desencadenarse.

Sería bueno monitorear las zonas incendiadas y analizar si se producen cambios en los usos del suelo y qué tipo de actividad, actores e intereses avanzan sobre estos territorios, a los fines de indagar sobre quiénes se benefician de la pérdida de espacios naturales (montes y bosques nativos, pastizales y humedales), con la consecuente liberación de grandes cantidades de dióxido de carbono “secuestrados” durante milenios en esos sistemas.

Más allá de la pérdida de espacios naturales y la diversidad asociada, se alteran funciones ecosistémicas invisibles para el modelo económico imperante (como el control de la erosión, de la inundación, la retención de agua y el control de drenaje de ríos, así como la recarga de los acuíferos) y se pierden recursos de importancia para las poblaciones humanas vinculadas a ellos.

La pandemia, como toda crisis y como todo emergente, ofrece la posibilidad de cuestionarnos el mundo construido de cara a escenarios a futuros no solo deseados sino, sobre todo, posibles. Es necesario repensar y reflexionar como sociedad entorno a la situación en la que nos encontramos hoy, para replantear algunas bases demasiado sólidas como para ser sustentables y deconstruir imperativos inculcados como premisas irrefutables, al menos si deseamos evitar que los escenarios futuros indeseados se materialicen.

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