La Organización de las Naciones Unidas ha establecido fechas orientadas a instalar, en los gobiernos, las instituciones y la sociedad, procesos de toma de conciencia y sensibilización sobre los problemas ambientales que las actividades humanas están ocasionando en el planeta que habitamos: la Tierra. Fechas que tantas veces pasan desapercibidas para la sociedad, pero también para quienes deberían asumir una mayor responsabilidad en la generación de los cambios que permitan, más allá de los discursos oficiales y de nuestras demandas, asegurar las condiciones para que nuestro planeta siga siendo habitable.

El 28 de enero de cada año ha sido establecido como el Día Mundial por la Reducción de las Emisiones de CO2 responsables de un importante aporte al calentamiento terrestre.

Todos vamos a ser afectados por las consecuencias negativas de estas emisiones; no todos somos, con igual nivel, responsables de las mismas.

Al referirnos a las emisiones de CO2 estamos considerando el uso ineficiente de la energía, con niveles de derroche muchas veces innecesarios, acción que se agrava al considerar que, en gran medida, se trata del uso de combustibles que la Tierra mantenía confinados como fósiles; la continua deforestación de los bosques nativos, uno de los sumideros naturales de CO2; la degradación de los suelos y la disminución de la materia orgánica de los mismos; la gestión ineficiente de los residuos sólidos y líquidos, y el empleo de tecnologías que maximizan la rentabilidad inmediata sin asumir sus costos ambientales.

Podríamos continuar con una larga lista de las causas directas de esta situación. Pero hay otras causas que subyacen en los procesos de toma de decisiones. A veces, demasiadas, maximizar las ganancias inmediatas o generar un poder económico, político y militar priman sobre la posibilidad de producir los cambios que, de acuerdo con los conocimientos actuales, aportarían, por caso en el tema que nos ocupa, a una mayor estabilidad climática.

Pero, además, no debemos olvidar que los residuos de nuestras actividades tienen múltiples destinos. Los mares y océanos adsorben una fracción importante tanto del calor como del CO2 emitido por la sociedad, sin que tomemos real conciencia de las consecuencias de esta situación. El CO2 absorbido genera la acidificación de mares y océanos debido a su transformación en ácido carbónico, afectando, progresivamente, su diversidad biológica, sus funciones ecológicas y alterando sus aportes a la alimentación mundial. Sobre el particular, bastaría mencionar que este proceso altera la calcificación de corales y de otros organismos del medio marino.

Las Universidades, y la UNdeC, entre ellas, debemos generar las condiciones que nos permitan educar y capacitar profesionales y técnicos respetuosos del ambiente, y dotarlos de las herramientas de acción orientadas a disminuir los impactos de las actividades humanas sobre nuestro entorno; asumiendo la responsabilidad de promover la generación de una conciencia común sobre la gestión de la Tierra.

 

 

 

Ing. Néstor Omar Bárbaro

Director del Instituto de Ambiente de Montaña y Regiones Áridas  

Universidad Nacional de Chilecito

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